Ayer me animé por fin a ver Avatar y debo confesarles que estoy hecho un lío: no sé si me ha gustado o no… Por una parte debo reconocer que el espectáculo en 3D me pareció una gozada y no se hizo para nada pesado. Por otra, me embarga la sensación de que la historia ya me la han contado antes y no tiene bastante “chicha” para llenar 160 minutos de película.
En cualquier caso, el ir con las expectativas por los suelos hace más sencillo disfrutar de algo que —impacto visual aparte— parece estar un poco hueco. Pero vamos a destripar un poco el film —si no lo han visto pueden seguir leyendo o ver el trailer: se van a enterar de todo igualmente— a ver dónde llegamos.
Como les he comentado, la sensación de déjà vu es total. No hay nada nuevo en la historia. El protagonista es un soldado en silla de ruedas —Nacido el 4 de julio— que es reclutado para manejar un cuerpo —Matrix, Paz interminable— híbrido de ADN humano y de los nativos de Pandora. En este planeta hay un mineral que vale un pastón, y también unos indígenas que viven en comunión con la naturaleza —Empotrados, La selva esmeralda— y que no van a moverse de encima de los yacimientos —Dune—. Asi que mandan al prota a infiltrarse entre los nativos, pero este, tras un duro aprendizaje, se acaba convirtiendo en uno de ellos —Un hombre llamado caballo— y simpatizando con su causa —Bailando con lobos—. Se lía con la chica-gato que le ha enseñado a ser un guerrero —¿Haru en el reino de los gatos?— y se cambia de bando —Mi hermosa lavandería—. Los militares pierden la paciencia y deciden cepillarse el árbol madre de los nativos que está sobre el yacimiento —World Trade Center— con armamento bastante desfasado —Aliens, ¡coño, Cameron!—. El prota y sus colegas se reúnen con los indios nativos y los organizan para luchar —La misión—. Los malvados imperialistas se percatan de ello y lanzan un ataque preventivo sobre el corazón del territorio de los gatitos —¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú— que se pintan la cara de azul —Braveheart— y se aprestan a la lucha. Los buenos ganan, el chico se queda con la chica aunque sus colegas mueran casi todos, y comieron perdices —Ponga aquí el título que le parezca—.
Cosas que molan: ecología, aventuras, biología alienígena, batallas, efectos, naves de combate, mechas. Cosas que no molan: tecnología derrotada por flechas, mechas (¡con machetes!) derrotados por flechas, hembras alienígenas con tetas (en número de dos), espiritualidad a saco, los buenos ganan.
Banda sonora: ‘The battle of Stirling’ de James Horner.
Y me alegro. De verdad. Y me pregunto si algo está cambiando en el panorama cinematográfico español. Que una de las películas que más me han gustado este año —si no la que más— sea española, Celda 211, tal vez quiera decir algo. O tal vez no, pero me gustaría pensar que sí.
Porque viendo muchos de los estrenos de los últimos meses tengo la esperanza de que los “creadores” se hayan dado cuenta de que para vender hay que producir lo que el público quiere comprar. A un artista al que no le mueva la necesidad económica —o a un blogger que escribe por entretenimiento, como un servidor— se la suda lo que los demás piensen de lo que hace. Pero el artista que quiera comer de su arte tiene que comprender que el que paga manda —y esta idea tiene mucho que ver con un artículo que le debo a Almudena—: el artista es una puta para el consumidor de su arte. Si no haces lo que me gusta no comes, tú verás.
Lloriquear porque el P2P mata al cine español es mentir. Quienes lo estaban matando eran sus propios padres. Asfixiando a su criatura bajo ideas manidas, ya vistas o, directamente, soporíferas. Y si el cine español para ser rentable tiene que dejar de “parecer cine español”, pues tendrá que ser así. Si una mayoría del público quiere pelis de terror, de suspense —qué viejuno me siento cuando uso esta palabra—, de animación, comedias alocadas o peplums, pues habrá que hacerlos. Si quieres quitarle cuota de mercado a tus rivales tendrás que hacerlo con sus armas. Todo lo demás es pajearse, señores.
(spoiler) Antecedentes: En la película, las abejas demandan ante los tribunales a los humanos (a los apicultores, en particular) por robarles la miel. Al final de la película, la abeja-abogada-protagonista decide dejar la abogacía, y le traspasa el bufete a un mosquito amigo suyo; todo ello delante de su nuevo cliente: una vaca que piensa demandar a los humanos por robarle la leche. Y se produce el siguiente diálogo:
Vaca: ¿Usted también es abogado?
Mosquito: Soy un parásito chupasangres, lo único que necesitaba era un maletín.
Sinopsis: Unos mendigos se despiertan encadenados en una habitación en la que varios carritos de supermercado llenos de bolsas de patatas fritas están casi al alcance de su mano. Tendrán que luchar entre ellos para poder conseguirlos, pero no será tan fácil…