Feliciano
Ya que el Camarada está “pez” en cultura deportiva y no tiene apego a las costumbres y tradiciciones, heme aquí dispuesto a suplir esta carencia documentando la inmarcesible victoria del equipo español en la Copa Davis de tenis. Vamo’ a ello:
La campaña de promoción del evento comenzó hace varias semanas en la televisión del Régimen, con loas al deslumbrante éxito de nuestros deportistas allende los mares; como cuando Bahamontes y Zarra pero cambiando la música del No-Do por “Piratas del Caribe”. La final sería un atracón de audiencia para la cadena, y el tradicional recurso para distraer al populacho en estos tiempos de crisis recesión crecimiento negativo. Eso era así porque se confiaba en la victoria; pero cuando se sabe que Nadal (creo el Camarada sabe quién es) está lesionado, la cosa cambia. Ahora los favoritos son los argentinos. Se decide bajar el perfil eufórico del spot (casi al nivel de los anuncios de la DGT) y que a la final no vaya la familia real ni Zapatero para que no se diga que son gafes.
Mientras tanto, en Argentina sucede lo contrario. Como teóricas víctimas, habían planteado la final como una guerra de guerrillas. Como muestra, la que liaron con la pista: la superficie favorita de los jugadores argentinos es la de tierra, pero pensaron que ganar a Nadal en tierra era muy difícil y decidieron jugar en una pista sintética super-rápida; yo me fastidio pero tú también (esa fue la primera de una lista de decisiones técnicas equivocadas). Cuando se enteraron de que Nadal no venía se pusieron muy contentos, pero alguien gritó “¡¡¡la pucha!!!”. ¿La pucha? Sí, ahora la pista que les convenía era una lenta, pero ya no podían volver a la de tierra y/o arena.
Pragmáticos como siempre en esto de lo deportivo, encontraron una solución: echar varias capas de pintura a la pista. La intención era dejarlo como el gotelé que ha puesto Barceló en la ONU, pero cuando se enteraron del precio se conformaron con unos cuantos sacos de pintura al temple. La cuestión era ralentizar la bola, y no sólo lo consiguieron sino que además consiguieron que en cada zona la pelota botase de manera distinta.
En lo que no son tan pragmáticos es en los asuntos oficiales. El nombre del estadio donde se jugó la final es “Pabellón Islas Malvinas”. Algo así como si aquí ponemos a una pista “Gibraltar Español”. Y vean la reseña de EFE sobre los prolegómenos:
La jornada comenzó con tintes patrióticos, con la cantante Soledad Pastorutti entonando el himno nacional argentino en la pista del Polideportivo Islas Malvinas, donde la banda del Área Naval Atlántica, dirigida por suboficial mayor Matías Raúl mostró sus impolutos uniformes blancos.
Si yo fuera el Camarada ahora mismo estaría escuchando telepáticamente “Ya el sol asomaba en el poniente” de Les Luthiers. La cosa iba directa al fracaso, como nuestro Mundial 82.
Fuera, el Partido Socialista argentino se manifestaba contra los gastos de organización del torneo al grito de “Tres días de Copa Davis son siete años de atención sanitaria pública en Mar del Plata”; uno piensa que o que en estos eventos se han acostumbrado a tirar con pólvora del rey, o que en Mar del Plata es mejor no ponerse enfermo. Como en Ávila, vamos.
En lo deportivo, la cosa comenzó como se esperaba, victoria argentina en el primer partido. La afición local estaba contenta y jaleaba a los suyos con frases como “Nadal se cagó” o “A esos putos les vamos a ganar”. Los locutores se esforzaban en recordar que aún así, el comportamiento del graderío era, hasta el momento, impecable para lo que se espera en estos casos, con referencias constantes a la [mode Festival de la OTI on]hermandad entre naciones hispanas[off]. Desde luego, para lo que
se estila en el fútbol argentino, el público se estaba comportando como la princesa Leticia en el Vaticano.
Pero en el segundo partido apareció “el efecto Feliciano”. Feliciano López es el “Guti” del tenis español. Ah, que el Camarada tampoco sabe quién es Guti. Pues bueno, ambos pertenecen a ese tipo de deportistas de gran clase y técnica refinada, pero con una propensión a la indolencia que les hace ser muy irregulares; son frecuentemente acusados de “no ponerse el mono de trabajo”. Y como dice la nota sobre el Príncipe Encantador de Shrek, su más importante cualidad es su aspecto “ideal” y su suave y ondeante cabello. Esta preocupación por la imagen les hace recibir apelativos en la zona semántica comprendida entre “metrosexual” y “nenaza”. Además, han sido tema frecuente de la prensa del corazón cotilleo por sus respectivas relaciones con famosas de buen ver; y cuando un deportista sale más en el “Hola” que en el “Marca”, malo.
Feliciano, por escalafón, no habría tenido que ni estar en el partido. Pero el seleccionador español, Emilio Sánchez Vicario, en una decisión polémica, apostó por él. A toro pasado, los entendidos en el tema dicen que lo hizo porque a Feliciano le va mejor la pista rápida (lógico: los interminables partidos de la polvorienta -y paleta- tierra batida exigen mucho esfuerzo y poco brillo; hay mucho más glamour en el fulgurante saque-volea, y no terminas con las axilas sudadas). Pero lo que el seleccionador buscaba era precisamente lo que pasó: la prensa empezó a criticarle por la decisión, luego implícitamente estaban llamando “manta” a Feliciano.
Feliciano estaba dolido. Antes de salir a la pista, Emilio fue a su camerino vestuario y le dijo: Feliciano, eres un león herido, demuestra que no estás derrotado. Feliciano ensayó un rugido mientras ondeaba su melena (unas cuantas veces, hasta que le salió convincente) y salió a la pista. Contra todo pronóstico, venció el partido contra el mejor jugador argentino. Al día siguiente también ganó el partido de dobles con su compañero Verdasco.
La selección argentina se descompuso, se sucedían las lesiones, las críticas, las discusiones entre jugadores, hubo que echar mano de los suplentes, el público y la prensa estaban de uñas… Verdasco dio el punto definitivo a España, librando a Feliciano de jugar un quinto partido que, dado el carácter irregular que tiene -y ésta vez con toda la responsabilidad- habría perdido con toda seguridad aunque hubiera jugado contra Menem. Chapó para el Sr. Sánchez-Vicario y su dominio de la Cabezología.
Banda sonora: ‘Ya el sol asomaba en el poniente’ de Les Luthiers.



