Luna de Avellaneda
Por fin pude ver esta película, una de las más esperadas de la temporada, del director de El hijo de la novia y El mismo amor, la misma lluvia, Juan José Campanella. Con esos precedentes, no puede uno por menos que estar deseando que la estrenen para ir a verla. Si además le añadimos la participación en el elenco de dos de los habituales de Campanella, como son Ricardo Darín y Eduardo Blanco, pues nos encontramos con los ingredientes necesarios para tener una obra de arte. La sola presencia de estos dos actores es garantía de calidad y motivo más que suficiente para ir al cine.
Tiene quizá esta vez un toque más social en la temática y mantiene la sensibilidad de sus anteriores obras. Campanella es un genio y se mueve con admirable soltura en un territorio tan complejo como el del sentimiento, donde es tan habitual caer en tópicos y ñoñerías, en trucos facilones. En ese aspecto, Luna de Avellaneda es de nuevo otro alarde de habilidad. Vuelve a emocionarnos desde lo sencillo, lo cotidiano, con absoluta imparcialidad, llevando al espectador sutilmente por caminos que le acaban haciendo transitar por terrenos fronterizos donde se mezclan la sonrisa y la angustia, la emoción y la rabia, lo ridículo y lo sublime. Te lleva al país de las emociones, pero sin tomar atajos. Te va guiando para que llegues tú solo. Para que una vez allí, te preguntes cómo has llegado. Eso se agradece, pues el cine de consumo nos tiene acostumbrados a lo contrario.
En algunas partes no entiendo porque se empeña en meterles la cámara encima a los actores. Ha rodado muy de cerca buena parte de las secuencias. Supongo que tendrá su por qué. Tal vez el querer mostrarnos la proximidad de los personajes y que los veamos como uno de nosotros, identificarnos con ellos. Pero quizá no fuese necesario tener que verles hasta los poros de la cara. Esto no acabo de entenderlo, aunque está muy claro que la intención en todo momento es identificar al espectador con los personajes. En las escenas del final, cuando están reunidos la asamblea de socios del club para votar, la cámara adopta una posición entre la gente, de tal manera que te sientas uno de ellos. Te dan ganas de pedir un papel para votar.
Cuando termina, miras el reloj y éste te dice que han pasado dos horas y media. A mi lo primero que se me ocurrió pensar es que se me había estropeado el reloj y que tendría que comprarme otro. La peli es larga, pero solo te das cuenta después de que ha terminado.
Esta película es una continuación de lo que ya hizo este director en las anteriores. Está en la misma línea. Qué suerte que todavía quede cine de verdad. Y qué suerte que tras el abrumador éxito de su película anterior, Juan José Campanella siga haciendo lo mismo que hacía, sin moverse ni un milímetro, sin concesiones. Predicando con el ejemplo.

